EL LADO AMABLE DE LA
ENFERMEDAD
Autor: Délfido Barrera Navas
Dedicatoria:
A mis médicos Ismael Guzmán, Francisco Granados, Alba y
Víctor Ochoa Jiménez
Con mucho cariño
A mi médico de cabecera: Dr. Roberto Borrayo Reyes,
hermano y amigo entrañable.
Compañero inseparable en el viaje hacia la eternidad y un
hijo amado espiritual engendrado
en mis prisiones de enfermedades tormentosas. Gratitud eterna.
Índice
¿Sana siempre el
Señor?.........................................................................
03
¿Por qué a veces no recibimos
sanidad?................................................ 05
El lado amable de la enfermedad……………………………………………………….. 06
Las Cruzadas de Sanidad Divina………………………………………………………….. 08
El dolor de los ancianos………………………………………………………………………. 10
Mantengámonos firmes en la libertad con que Cristo nos
hizo libres…. 13
Consejos sabios que prolongan los días………………………………………………
14
Perlas preciosas………………………………………………………………………………….. 16
¿Sana siempre el Señor?
La enfermedad está en el paquete de la caída vergonzosa
de Adán, hasta la futura redención de nuestro cuerpo. “En el también vosotros,
habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación y
habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la
promesa, que es las arras de nuestra
herencia: HASTA LA REDENCIÓN DE LA POSESIÓN ADQUIRIDA, PARA ALABANZA DE SU
GLORIA” Efesios 1:13-14.
¿Sana el Señor en nuestros días? La respuesta es SÍ. Cuando Jesús recorrió las regiones de Judea y
Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, multitudes eran
sanadas. Mancos, cojos, ciegos,
paralíticos, encorvados y poseídos por espíritus inmundos encontraban en él la
sanidad y libertad.
Algún día sabremos el número de personas que recobraron
su salud y que salieron de los sepulcros como Lázaro. Juan dice que Jesús hizo tantas cosas que si
se hubieran escrito no cabrían en el
mundo los libros que se habrían de escribir (Juan 21:25).
¿Por qué a veces no
recibimos sanidad?
Eleázar Melquisedec, nuestro hijo, apareció con un tumor
en la garganta que resultó positivo.
Pero su cáncer terminal se enfrentó con la valentía de una mujer, mi
esposa, quien se declaró en oración permanente.
Su insistencia elevó luz roja al Trono de Gracia y ocho días después del
diagnóstico, mi hijo fue declarado sano en un nuevo examen.
Pero Carmen, mi cuñada, a quien le notificaron un cáncer
terminal en sus senos removió cielo y tierra, oró y ayunó intensamente. Tuvo en su casa una mujer que tenía el don de
sanidad quien días después la declaró sana y salva. Sin embargo, Carmen, una mujer fiel al Señor,
murió seis meses después. ¿Era mejor
nuestro hijo que Carmen? Definitivamente
no. Si como dice la Biblia, hay bálsamo
en Galaad ¿Por qué no hubo medicina para la hermana de mi esposa? Sencillamente
porque Dios obra de acuerdo al consejo de su voluntad.
Amado Nervo nos cuenta en su libro “La Amada Inmóvil” que
durante catorce años oró para que su esposa sanara de una terrible
enfermedad. Sin embargo, un día su casa
lucía listones negros. Su amada había
muerto. El poeta dice que la mejor
oración que podemos hacer es “Hágase Señor su santa voluntad”.
Cuando mi padre agonizaba, víctima de una pulmonía
fulminante, oré intensamente perdido entre unos matorrales. Cuando regresé a casa, mi padre estaba
completamente sano. Durante largos
quince años oré intensamente por su asma y el cielo guardó silencio. ¿Por qué no siempre sana el Señor?
El Lado Amable de la
Enfermedad
El sufrimiento tiene su lado amable y nos hace exclamar
como el apóstol Pablo: “Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la
ciencia de Dios. ¡Cuán insondables son sus juicios e
inescrutables sus caminos! Romanos 11:33.
Leer a Joseph P. Bishop en su libro “En Medio de la Borrasca” es
como reposar bajo un árbol frondoso después de una caminata de nueve horas.
Nos narra la muerte de su hijo y de su esposa, y lo hace en forma cruda, desnuda, sin un átomo de hipocresía. Narra en forma admirable la suprema agonía de su esposa dominada por el cáncer, su largo sufrimiento y muerte. Pocas veces he aprendido tanto de un hombre que en medio del dolor y la amargura, canta, ríe, hilvana alegres conversaciones bajo la sombra de los árboles añejos a la orilla de los caminos agrestes donde los riachuelos entonan todos los días el himno de la esperanza.
Volviendo a Job es hermoso oírlo decir de noche: “Más la noche es larga y estoy lleno de
inquietudes hasta el alba. Mi carne está
vestida de gusanos” para luego
exclamar “Él manda al sol y no sale: y
sella las estrellas”. Luego dice: “Él hace cosas grandes e incomprensibles y
maravillas, sin número” Job 7:4-5; Job 9:7-10.
Sin el sufrimiento de Job no tendríamos a manera de
epílogo el maravilloso poema que salió de su alma: “Yo conozco que todo lo puedes.
De oídas te había oído; más ahora mis ojos te ven”. Después de su dolor tuvo abundante
consolación, oro, bueyes y asnos. Y
concluye: “Y murió Job viejo y lleno de
días”.
Pablo es sabio y dulce cuando dice: “Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación, … la cual se opera en el sufrir las mismas
aflicciones que nosotros también padecemos” 2da. Corintios 1:6.
La enfermedad me hace siervo y no un ministro ordenado de
pomposas condecoraciones. El dolor me
acerca a Dios. El sufrimiento despierta
en mi alma una unción preciosa que me hace correr con dulzura el camino nuevo y
vivo que Cristo nos abrió cuando entró al tabernáculo eterno para depositar en
el propiciatorio eterno su sangre generosa.
Las cruzadas de sanidad
divina
Hay más; tenemos en los cielos un sumo sacerdote que
intercede diariamente por nosotros. A
toda hora, de madrugada, al rayar el alba, a la hora del medio día, cuando el
día es perfecto se complace en nuestras debilidades, temores, tristezas,
ansiedades, amarguras y frustraciones.
Nuestro Dios es compasivo, tierno amante. Un precioso salvador. Un maravilloso sanador. El mismo que nos dice: “En el día del bien, goza del bien y en el día del mal considera”. Pablo dice que tenemos este tesoro en vasos
de barro. Como vasos de barro sufrimos,
nos enfermamos, padecemos. Visitamos
médicos y regresamos con nuestro dolor.
Clamamos como clama el ciervo por las corrientes de las aguas y nuestro
mal continúa. A pesar de todo Dios está
con nosotros. Sabe letra por letra el
misterio de la crisis que nos agobia y nos sigue amando hasta el día en que sea
transformado el cuerpo de nuestra humillación.
El dolor de los
ancianos
Los ancianos llevamos en el alma perlas preciosas que
edifican pensamientos de oro que ablandan los corazones duros; versos
arrancados de la misma eternidad.
Parecemos débiles, pero somos fuertes.
Se nos margina pero somos la sal que da sabor a este mundo que se ha
quedado desierto; somos luz que alumbra un mundo obscuro lleno de violencia.
El viejo puede ser buen esposo, buen trabajador, maestro
de la vida, consejero espiritual excelente,
arquitecto de caminos nuevos para la juventud.
La vejez no es el final de la vida. Es la culminación maravillosa de una
existencia que no tiene fin. “El que cree en mí, aunque muera vivirá”.
El tabernáculo que encierra la verdadera vida envejece, se
marchita, se torna frágil y se salpica de manchas y arrugas. Pero el hombre interior, el verdadero hombre
que llevamos dentro crece, se torna sólido y feliz. El hombre interior puede ver con los ojos del
espíritu un futuro lleno de maravillosas experiencias.
Los seres humanos le damos mucha importancia a los
sufrimientos que se viven cuando vamos cuesta abajo. Debiéramos convivir tranquilamente con la
depresión, reír con la angustia.
Entender que si nuestras arterias coronarias fallaran tenemos en el
cielo un sistema estructural que nunca muera; que nunca falla.
En el mundo en el que vivimos todo se marchita, todo entra
en un proceso de desgaste que culmina con la separación física de nuestro
cuerpo y nuestro espíritu.
No le demos tanta importancia a la muerte. El primer Adán nos trajo muerte, fatiga,
cardos y espinas; pero el postrer Adán vino a darnos vida y vida en abundancia.
La vejez es la antesala de una gloria que no tiene fin. Cuando la cabeza se cubre de canas y nuestra
fe se cubre de arrugas viene también el dolor, noches de insomnio, tardes de dolores
agudos, cadenas de amargura que nacen de la incomprensión. El hombre natural no está capacitado para
amar y ve el sufrimiento como una carga aterradora. Los que hemos llegado a la tercera edad nos
vemos a veces con una nostalgia infinita cuando volvemos los ojos al pasado y
recordamos los días de la infancia.
No hagamos de los recuerdos cadenas. Demos miradas retrospectivas con amables
sonrisas. Soñemos y volvamos a la casona
antigua de nuestros padres, pero al despertar sigamos viviendo la vida como
algo hermoso, como trozos de eternidad que vivifican.
Demos gracias a Dios por todo. Por las tristezas que hacen tambalear este
pobre tabernáculo. No hagamos de un vaso
de agua una tempestad. Recorramos nuestros últimos años con renovadas esperanzas
sin olvidar que Dios nunca muere. Que si
esta tierra se desintegra y se acaba, “Dios
hará nuevos cielos y tierra nueva en los
cuales habita la justicia”.
El hombre de nuestros días no tiene la fuerza ni la materia
prima para entender nuestras reacciones de impaciencia cuando sentimos que
nuestro sol de pone.
Esposas que antes bebieron el vino de nuestra juventud ahora
nos desprecian. Hijos que recibieron
canastas de pan, techo, abrigo y medicina para nuestros males ahora nos ven
como personas despreciables. Se ríen de
nuestras anécdotas ancestrales, se ríen de nuestra fe, se mofan de nuestras
quejas, hacen escarnio de nuestras carnes marchitas.
Adelante ancianos.
Como dice el viejo himno “Hay un
mundo feliz más allá”.
En la edad madura los males se multiplican. Tambalean las piernas; hay confusiones
mentales, corazones que se agitan, pérdida de equilibrio, noches de insomnio;
pero aun así he aquí el lado amable de la enfermedad.
En el dolor, la paz de Dios brilla. En la aflicción, la luz de Dios es más
hermosa. Cuando la depresión llega
podemos invocar a Dios y así, llenos del Espíritu Santo, podemos decir como el
profeta: “El yugo se pudrirá a causa de
la unción”.
Cuando el patriarca José María Muñoz estaba agobiado por una
terrible enfermedad, que lo llevó a la presencia de Dios, cantaba, reía y
predicaba.
Mi madre a los ochenta y pico de años desafió a la misma muerte. Los médicos le dieron nueve días de vida,
pero yo clamé como clama el ciervo por las aguas y vivió diez años más. Tuvo una enfermedad terrible pero el Señor
mismo la operó en el Hospital Roosevelt y durante la noche seis ángeles se
movían al lado de su lecho.
El sufrimiento tiene su lado amable. Es en la angustia cuando la presencia del
Señor es más dulce. En las noches de
insomnio cuando los Salmos hacen descender sobre nosotros lluvias de
gloria. Es al filo de la madrugada donde
se hace miel el Cantar de los Cantares.
“Es en la enfermedad cuando estamos más cerca del Señor”.
Mantengámonos firmes en
la libertad
Con que Cristo nos hizo
libres
No seamos esclavos de los hombres ni de los argumentos
aparentemente bíblicos.
No tema a maravillosos cristianos que usan las hierbas y las
flores para curar sus males. Hasta Jesús
hizo uso del barro para dar luz a unos ojos.
Una cataplasma de barro purifica nuestro organismo. Una hoja tierna sobre nuestra frente puede
curar una fiebre. Unas hojitas de sen
pueden aliviar el estreñimiento. Un poco
de pasiflora con lechuga y valeriana pueden resolver el equilibrio de los
nervios.
Aquellas personas con riesgo de arteriosclerosis deben comer
poco arroz, poca patata, poca pasta, poco pan y preferir alimentos ricos en
fibra como verduras y ensalada cocinados con aceite. El consumo excesivo de azucares y almidón son
perjudiciales para la circulación. Beba
mucha agua, no use grasas, ni mucha carne.
Sea sobrio.
Si necesita el consejo de un psicólogo, vaya sin temor, no
tema. Hay psicólogos cristianos que son una bendición. No tema ir al psiquiatra, le ayudará. Obedezca las instrucciones de su médico. Esto agrada al Señor.
No pierda su fe, la fe mueve montañas. No sea temeroso, coma con tranquilidad. Ponga sus manos suavemente sobre sus
alimentos y bendígalos en el nombre de Jesús.
No se enoje, la ira trae al organismo daños irreparables.
Hace unos cuantos días el médico me dijo que podría darme en
cualquier momento un derrame cerebral, me puse a cantar. La sonrisa y la alabanza prolongan la vida.
Haga misericordia con alegría, viva su vida como si fuera a
vivir cien años. Cuando el cristiano
duerme en el Señor, abre luego sus ojos en el cielo donde no hay llanto, ni
clamor, ni dolor.
Hace pocos días Joaquín Fariñas, un viejo amigo, que tiene
ya unos ochenta años me dijo: “Si el
médico me dijera que solo tengo tres meses de vida, los pasaría cantando”.
Finalmente recordemos las palabras del Rey David “Aunque ande en valle de sombra de muerte no
temeré mal alguno porque tu estarás conmigo”.
Y si “Dios con nosotros,
¿Quién contra nosotros?”.
Consejos sabios que
prolonga los días
·
Camine todas las mañanas. Admire el azul del cielo y de gracias a Dios
pos la luna, las aves, por los valles y montañas, por las flores del jardín y
por las flores silvestres. Dé gracias a
Dios por todo: por el frío, por el calor, por la lluvia, por el verano, por la
pobreza, por su riqueza. ¿Lo han
marginado los médicos? Cante.
·
Respire profundamente. No le tema al viento. El viento hace danzar los árboles, arrastra
el polen fecundamente. No le tema a la
lluvia. Admire y goce las recias
tempestades. Aún las tempestades de la
vida.
·
No odie, el odio mata, destruye, arruina y hace
doloroso el camino de la vida.
·
Sonría.
La sonrisa vivifica los signos vitales.
“Cuide su corazón, de él mana la
vida”. No se preocupe por su rostro macilento, por su rostro envejecido,
por la nieve de su pelo. El hombre
interior del hombre justo se renueva.
Admire con los ojos espirituales la belleza del verdadero hombre nuevo
que ama, que canta, que sueña con un futuro glorioso, que espera a los
redimidos en la sangre de Cristo.
·
Coloque la sabiduría de Dios en el lecho
matrimonial, en la calle que cruza, en la antesala de los hospitales, en la
vianda que come.
·
Ore. La
oración es la pequeña ventanita por donde podemos ver la grandeza de la
eternidad. Es la entrada misteriosa al
tabernáculo eterno donde hay un sacerdote que pone aceite en sus heridas,
bálsamo en sus hondas cicatrices.
·
Sea fuerte.
Los hombres fuertes triunfan. Sea
sobrio, moderado. Ponga cuchillo a su
garganta. Sea su sobriedad sin excesivos
adornos, sin lujos indebidos. Las
personas que viven noventa años no recurren a la glotonería.
·
¿Le duele la garganta? Cante. ¿Le duele el pecho? Derrame en forma
silenciosa lágrimas de alegría. ¿Tiene
temor? Vuelva los ojos al que temió en
la agonía del Getsemaní. ¿Le falta el
gozo? El gozo no está en las
emociones. El gozo siempre brota de ese
pequeñito grano de mostaza del que nos habló Jesús, LA FE.
·
¿Está muy triste porque no puede ir al
templo? El templo es su propio corazón
donde el Espíritu Santo mora.
·
No toque ni con el pensamiento la paja del ojo
de su hermano. Amelo, todos somos pecadores.
·
Millones de personas desean ver a Jesús como
aquellos griegos de Juan capítulo doce. Deje que la gente vea a Jesús en sus
ojos apacibles, en sus manos que comparten, en sus pies que corren para ayudar
al desvalido. Usted es Jesús, usted es
la iglesia, usted es la novia, usted es la piedra y la columna, el vaso y
alabastro, techo y columna, agua y vino.
Usted es la niña de los ojos de Dios.
·
Comparta con otros su fe. Sea honesto y sencillo frente a las
multitudes. “Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento y los
que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua
eternidad”.
Perlas preciosas
·
Era una mujer herida, menospreciada, humillada y
estéril, pero al final pudo decir: “Los
arcos de los fuertes fueron quebrados y los débiles se ciñeron de poder” 1a.
Samuel 2:4.
·
Doce años con flujo de sangre. En vano buscó el alero de los médicos. Oyó hablar de Jesús. Tocó su manto y la fuente de su ignominia se
secó. La virtud del Nazareno fue más
grande que el alto monte de su dolor.
·
Rahab.
Basura de su barrio porque tenía corazón de ramera. Pero en medio de su angustia oyó de Jehová,
el mismo que había sacado las aguas del Mar Rojo. Simplemente creyó y su fe escribió una página
sublime para toda la eternidad.
·
De los labios de Jesús brotó una bienaventuranza
con alas de mujer “Bienaventurados los
que lloran, porque ellos recibirán consolación”.
·
Su dolor tenía las dimensiones de un mar de
angustia y soledad, su único hijo iba rumbo al sepulcro y en el morirían
también sus esperanzas. Pero llegó Jesús
y le dijo: “No llores”. De pronto, el
autor de la vida, el que ordena que los afligidos de Sión se les de gloria en
vez de ceniza, entregó gozoso su hijo
vivo a la viuda de Naín.
·
Betania era una constelación de lágrimas
dispersas. Marta era un río de llanto
incontenible, el maestro de Galilea no estaba allí. El rostro de María dejaba caer lágrimas rotas
por la angustia. Jesús lloró, pero al
grito de Lázaro, ven fuera el que estaba muerto, dejaba burlada la tumba y el
cielo brilló y se tornó en un manto de alegría.
