jueves, 22 de junio de 2017

Compártalo al que lo necesita, más que un regalo, El Lado Amable de la Enfermedad es medicina para el cuerpo y el alma. Es un mensaje para cuando se rompe el vaso frágil de barro que nos recuerda la fragilidad de la vida. “Sabemos que Dios está con nosotros y nos acompaña en nuestro caminar a veces de dolor y de aflicción pero que tiene sus propósitos. Sería triste pasar por una prueba, si no entendiéramos que Dios para todo tiene un propósito. También prueba nuestro corazón. Si en medio de la prueba podemos amarlo igual que cuando nos da de todo. En medio de la prueba nos muestra su amor eterno” comenta mi hermana Ruth.


EL LADO AMABLE DE LA ENFERMEDAD

Autor: Délfido Barrera Navas

Dedicatoria:

A mis médicos Ismael Guzmán, Francisco Granados, Alba y Víctor Ochoa Jiménez

Con mucho cariño

A mi médico de cabecera: Dr. Roberto Borrayo Reyes, hermano y amigo entrañable. 

Compañero inseparable en el viaje hacia la eternidad y un hijo amado espiritual engendrado

en mis prisiones de enfermedades tormentosas.  Gratitud eterna.

 

Índice

¿Sana siempre el Señor?......................................................................... 03

¿Por qué a veces no recibimos sanidad?................................................ 05

El lado amable de la enfermedad……………………………………………………….. 06

Las Cruzadas de Sanidad Divina………………………………………………………….. 08

El dolor de los ancianos………………………………………………………………………. 10

Mantengámonos firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres…. 13

Consejos sabios que prolongan los días……………………………………………… 14

Perlas preciosas………………………………………………………………………………….. 16

 
¿Sana siempre el Señor?

 Jesús dijo claramente que la carne es enferma.  Muchos predicadores respetables y santos gritan en los púlpitos que cuando no nos sanamos es porque no tenemos fe.  Otros proclaman como los famosos consejeros de Job que quizá hay un pecado no confesado, escondido en los laberintos del alma.

 Hay cristianos maravillosos, verdaderos ejemplos de sinceridad e integridad que son atormentados por enfermedades que hacen añicos su cuerpo y destrozan su alma. Hacen todo lo que hace todo cristiano en esas condiciones: oran, permanecen largas horas en su cámara secreta.  Derraman su alma como Ana.  Sin embargo, la enfermedad sigue allí, desafiante, incrustada en el cuerpo como aguijón.  Quizá como aquel que estremecía el corazón de Pablo. Quizá con la misma respuesta de Dios “BÁSTATE MI GRACIA”.
 
La enfermedad está en el paquete de la caída vergonzosa de Adán, hasta la futura redención de nuestro cuerpo. “En el también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,   que es las arras de nuestra herencia: HASTA LA REDENCIÓN DE LA POSESIÓN ADQUIRIDA, PARA ALABANZA DE SU GLORIA” Efesios 1:13-14.

¿Sana el Señor en nuestros días?  La respuesta es SÍ.  Cuando Jesús recorrió las regiones de Judea y Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, multitudes eran sanadas.  Mancos, cojos, ciegos, paralíticos, encorvados y poseídos por espíritus inmundos encontraban en él la sanidad y libertad.

 
Algún día sabremos el número de personas que recobraron su salud y que salieron de los sepulcros como Lázaro.  Juan dice que Jesús hizo tantas cosas que si se hubieran escrito  no cabrían en el mundo los libros que se habrían de escribir (Juan 21:25).

 Pero aquí viene una pregunta inquietante ¿Sanó Dios absolutamente, el Señor a todos?  La respuesta es NO.  En Nazareth solo fueron sanados unos pocos.  No estamos entrando aquí a los grises linderos de la teología y podemos señalar como causa la incredulidad de la gente que vivió en la misma tierra del “Carpintero de Nazareth”.  Pero hay otras causas, Dios es soberano, glorioso, eterno y solo él sabe el verdadero secreto de el por qué no todos los enfermos se sanan.

 Yo nací en un hogar cristiano, mis padres misioneros, auténticos valores de aquella crema blanca que fue constelación de hombres y mujeres que sembraron la semilla del Evangelio en tiempos difíciles. Vi a mi padre soportar en largas horas de insomnio un asma cruel.  Largos quince años vivió mi padre entre el fuego lacerante de ese pequeño infierno y a pesar de ruegos, oraciones, peticiones y acciones de gracia, él nunca sanó.  Mi padre nunca murmuró ni reclamó ante Dios, que era su siervo, su ministro, su ungido.  El dejaba todas las cosas en las manos de Dios.  Un día Dios le contará por qué ese aguijón no fue quitado de su carne.  Un día gritará entre millones y millones de redimidos: ¿Dónde está, oh muerte tu aguijón? ¿Dónde oh sepulcro tu victoria?

 
¿Por qué a veces no recibimos sanidad?

Eleázar Melquisedec, nuestro hijo, apareció con un tumor en la garganta que resultó positivo.  Pero su cáncer terminal se enfrentó con la valentía de una mujer, mi esposa, quien se declaró en oración permanente.  Su insistencia elevó luz roja al Trono de Gracia y ocho días después del diagnóstico, mi hijo fue declarado sano en un nuevo examen.
 

Pero Carmen, mi cuñada, a quien le notificaron un cáncer terminal en sus senos removió cielo y tierra, oró y ayunó intensamente.  Tuvo en su casa una mujer que tenía el don de sanidad quien días después la declaró sana y salva.  Sin embargo, Carmen, una mujer fiel al Señor, murió seis meses después.  ¿Era mejor nuestro hijo que Carmen?  Definitivamente no.  Si como dice la Biblia, hay bálsamo en Galaad ¿Por qué no hubo medicina para la hermana de mi esposa? Sencillamente porque Dios obra de acuerdo al consejo de su voluntad.
 
Amado Nervo nos cuenta en su libro “La Amada Inmóvil” que durante catorce años oró para que su esposa sanara de una terrible enfermedad.  Sin embargo, un día su casa lucía listones negros.  Su amada había muerto.  El poeta dice que la mejor oración que podemos hacer es “Hágase Señor su santa voluntad”.
 
Cuando mi padre agonizaba, víctima de una pulmonía fulminante, oré intensamente perdido entre unos matorrales.  Cuando regresé a casa, mi padre estaba completamente sano.  Durante largos quince años oré intensamente por su asma y el cielo guardó silencio.  ¿Por qué no siempre sana el Señor?
 
El Lado Amable de la Enfermedad

El sufrimiento tiene su lado amable y nos hace exclamar como el apóstol Pablo: “Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios.  ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Romanos 11:33.

 
Leer a Joseph P. Bishop en su libro “En Medio de la Borrasca” es como reposar bajo un árbol frondoso después de una caminata de nueve horas.
 
Nos narra la muerte de su hijo y de su esposa, y lo hace en forma cruda, desnuda, sin un átomo de hipocresía.  Narra en forma admirable la suprema agonía de su esposa dominada por el cáncer, su largo sufrimiento y muerte.  Pocas veces he aprendido tanto de un hombre que en medio del dolor y la amargura, canta, ríe, hilvana alegres conversaciones bajo la sombra de los árboles añejos a la orilla de los caminos agrestes donde los riachuelos entonan todos los días el himno de la esperanza.

 
Y qué decir de Job, odiado por Satanás y amado por Dios.  ¿No es el libro de Job una escuela donde el dolor más lacerante se entrecruza con recompensas de gloria inmarcesible? Mueren sus hijos e hijas, los sabeos acaban con sus bueyes y sus asnos, los pastores y ovejas agonizan bajo el fuego celestial, los caldeos arremeten contra los camellos, y sin embargo vemos a un varón que exclama “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá.   Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” Job 1:21.

 ¡Qué hermoso es adorar a Dios en medio de la tormenta!  Misioneros ilustres dejaron su vida y sellaron su pacto con la tierra dominados por la enfermedad que combatían: la tuberculosis.  Hombres de Dios que sembraban la simiente preciosa en tierras desoladas, sin alimentos, muchas veces sin agua, rechazados por la gente, encarcelados, escribieron páginas gloriosas en medio del sufrimiento.

 Cuando mi tía Rosaura, pálida y tambaleante se estremecía en su lecho de enferma, en lugar de llorar, cantaba.  Sus dolores atroces no le impedían gozar del ardiente deseo de ver al Señor al cerrar sus ojos en la Tierra.

 Alberto Espina era casi ciego y sordo; pero era el héroe de la fe más grande que conocí.  Sus anhelos, sus sueños y sus esperanzas eran ver al Señor al dejar este mundo de dolor.

Volviendo a Job es hermoso oírlo decir de noche: “Más la noche es larga y estoy lleno de inquietudes hasta el alba.  Mi carne está vestida de gusanos”  para luego exclamar “Él manda al sol y no sale: y sella las estrellas”.  Luego dice: “Él hace cosas grandes e incomprensibles y maravillas, sin número” Job 7:4-5; Job 9:7-10.

Sin el sufrimiento de Job no tendríamos a manera de epílogo el maravilloso poema que salió de su alma: “Yo conozco que todo lo puedes.  De oídas te había oído; más ahora mis ojos te ven”.  Después de su dolor tuvo abundante consolación, oro, bueyes y asnos.  Y concluye: “Y murió Job viejo y lleno de días”.

Pablo es sabio y dulce cuando dice: “Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación, …  la cual se opera en el sufrir las mismas aflicciones que nosotros también padecemos” 2da. Corintios 1:6.

 Sin los dolorosos insomnios de mi depresión  no sabría lo que es leer un salmo al filo de la madrugada o el postrer poema de Habacuc mientras la luna llena pasa sus pinceles por las llanuras y montañas.

La enfermedad me hace siervo y no un ministro ordenado de pomposas condecoraciones.  El dolor me acerca a Dios.  El sufrimiento despierta en mi alma una unción preciosa que me hace correr con dulzura el camino nuevo y vivo que Cristo nos abrió cuando entró al tabernáculo eterno para depositar en el propiciatorio eterno su sangre generosa.

 Pablo decía: “Cuando soy débil, entonces soy poderoso”.  Cuando la enfermedad nos lleva del sepulcro, como seres humanos nos entristecemos, pero estoy segurísimo que en estas condiciones, de alguna manera Dios nos ayudará, confortará nuestra alma, nos dará nuevo aliento, pondrá luz en el valle más obscuro.  Es en los momentos más difíciles cuando caminamos en valles de sombra y de muerte, cuando la palabra de Dios llega como bálsamo y no solo nos conforta, sino enciende más luz sobre la revelación gloriosa de que somos hijos de un Dios que nunca muere.

 La enfermedad nos recuerda que somos frágiles; que de todos modos el polvo volverá al polvo, en tanto que el espíritu volverá a Dios que lo dio.  La enfermedad nos hace dóciles, sencillos, barro en sus manos.  Nos damos cuenta que aunque el vaso se quiebre, Dios hará otro vaso.

 
Las cruzadas de sanidad divina

 Amo y respeto a los siervos de Dios que organizan cruzadas para que los enfermos sean sanados.  Cuando T. L. Osborn vino a Guatemala, hace más de cuarenta años, sucedieron verdaderos prodigios.  Cientos de personas pasaron al altar confesando sus pecados.  Cientos de enfermos fueron maravillosamente sanados por el poder de Jesucristo.  A raíz de esa cruzada surgió en Guatemala un avivamiento nunca visto.

 No fue un avivamiento de hechos espectaculares, pero si había un convencimiento profundo de pecado, de justicia y de juicio.  Los altares de las iglesias se llenaban de personas recibiendo a Cristo como su Salvador con muchas lágrimas.

 He sido admirador de esas cruzadas.  He visto personas abandonar sus sillas de ruedas.  Últimamente he visto  oír a los sordos y hablar a los mudos.  Con admiración he contemplado cosas nunca vistas.  Muchas personas muestran sus manos empapadas de polvo de oro.  La gente cae como sucedió el día de Pentecostés.  La gente decía que estaban llenos de mosto.  Lo mismo se dice de estas personas.

 En medio de mi asombro y sin dejar de reconocer que Dios ha hecho milagros y prodigios en todas las dispensaciones, no puedo dejar de confesar mi tristeza cuando también veo a cientos de personas que salen defraudadas de estas reuniones en sus mismas sillas de ruedas y con las mismas enfermedades.  ¿Será porque estas personas son infieles? ¿Será que están viviendo en pecado? ¿Es quizá una absoluta falta de fe?  Respondo con toda sinceridad que no lo sé.  Dios tiene planes para cada persona.  Dios nos conoció desde antes de la fundación del mundo.  El conoció nuestros ojos, midió nuestras pupilas.  El programó los latidos de nuestro corazón.  Entendía los complicados procesos de la mujer encinta.

 Él sabe qué hay en nosotros.  Nos ama.  Sin valer nosotros nada escribió nuestros nombres en el Libro de la Vida.  Él cuenta nuestros pasos.  Tiene recursos suficientes para sanarnos.  El goza cuando somos liberados de la influencia de espíritus inmundos.  En otras palabras, le duele nuestro dolor.

Hay más; tenemos en los cielos un sumo sacerdote que intercede diariamente por nosotros.  A toda hora, de madrugada, al rayar el alba, a la hora del medio día, cuando el día es perfecto se complace en nuestras debilidades, temores, tristezas, ansiedades, amarguras y frustraciones.  Nuestro Dios es compasivo, tierno amante.  Un precioso salvador.  Un maravilloso sanador.  El mismo que nos dice: “En el día del bien, goza del bien y en el día del mal considera”.  Pablo dice que tenemos este tesoro en vasos de barro.  Como vasos de barro sufrimos, nos enfermamos, padecemos.  Visitamos médicos y regresamos con nuestro dolor.  Clamamos como clama el ciervo por las corrientes de las aguas y nuestro mal continúa.  A pesar de todo Dios está con nosotros.  Sabe letra por letra el misterio de la crisis que nos agobia y nos sigue amando hasta el día en que sea transformado el cuerpo de nuestra humillación.

 
El dolor de los ancianos

Los ancianos llevamos en el alma perlas preciosas que edifican pensamientos de oro que ablandan los corazones duros; versos arrancados de la misma eternidad.  Parecemos débiles, pero somos fuertes.  Se nos margina pero somos la sal que da sabor a este mundo que se ha quedado desierto; somos luz que alumbra un mundo obscuro lleno de violencia.

 Ser viejo es haber transitado una áspera cuesta que ha culminado con alturas donde hay oro y clorofila.  Las canas son versos escritos sobre nuestra cabeza donde pueden leerse maravillosas experiencias.

 La vejez no se ha hecho para llorar.  Se ha hecho para cantar.  No es grito de murmuración.  Es voz de libertad.

El viejo puede ser buen esposo, buen trabajador, maestro de la vida, consejero espiritual excelente,  arquitecto de caminos nuevos para la juventud.

 La tercera edad se hizo para sentirla,  vivirla, gozarla.  Cuando el hombre exterior se marchita, el interior florece.  La vejez es la antesala de la eternidad.  Es la última milla de un camino más o menos largo que culmina con un vasto imperio celestial donde las moradas son amables y las calles de oro.

La vejez no es el final de la vida.  Es la culminación maravillosa de una existencia que no tiene fin.  “El que cree en mí, aunque muera vivirá”.

El tabernáculo que encierra la verdadera vida envejece, se marchita, se torna frágil y se salpica de manchas y arrugas.  Pero el hombre interior, el verdadero hombre que llevamos dentro crece, se torna sólido y feliz.  El hombre interior puede ver con los ojos del espíritu un futuro lleno de maravillosas experiencias.

Los seres humanos le damos mucha importancia a los sufrimientos que se viven cuando vamos cuesta abajo.  Debiéramos convivir tranquilamente con la depresión, reír con la angustia.  Entender que si nuestras arterias coronarias fallaran tenemos en el cielo un sistema estructural que nunca muera; que nunca falla.

En el mundo en el que vivimos todo se marchita, todo entra en un proceso de desgaste que culmina con la separación física de nuestro cuerpo y nuestro espíritu.

No le demos tanta importancia a la muerte.  El primer Adán nos trajo muerte, fatiga, cardos y espinas; pero el postrer Adán vino a darnos vida y vida en abundancia.

La vejez es la antesala de una gloria que no tiene fin.  Cuando la cabeza se cubre de canas y nuestra fe se cubre de arrugas viene también el dolor, noches de insomnio, tardes de dolores agudos, cadenas de amargura que nacen de la incomprensión.  El hombre natural no está capacitado para amar y ve el sufrimiento como una carga aterradora.  Los que hemos llegado a la tercera edad nos vemos a veces con una nostalgia infinita cuando volvemos los ojos al pasado y recordamos los días de la infancia.

No hagamos de los recuerdos cadenas.  Demos miradas retrospectivas con amables sonrisas.  Soñemos y volvamos a la casona antigua de nuestros padres, pero al despertar sigamos viviendo la vida como algo hermoso, como trozos de eternidad que vivifican.

Demos gracias a Dios por todo.  Por las tristezas que hacen tambalear este pobre tabernáculo.  No hagamos de un vaso de agua una tempestad.  Recorramos  nuestros últimos años con renovadas esperanzas sin olvidar que Dios nunca muere.  Que si esta tierra se desintegra y se acaba, “Dios hará nuevos cielos y tierra nueva  en los cuales habita la justicia”.

El hombre de nuestros días no tiene la fuerza ni la materia prima para entender nuestras reacciones de impaciencia cuando sentimos que nuestro sol de pone.

Esposas que antes bebieron el vino de nuestra juventud ahora nos desprecian.  Hijos que recibieron canastas de pan, techo, abrigo y medicina para nuestros males ahora nos ven como personas despreciables.  Se ríen de nuestras anécdotas ancestrales, se ríen de nuestra fe, se mofan de nuestras quejas, hacen escarnio de nuestras carnes marchitas.

Adelante ancianos.  Como dice el viejo himno “Hay un mundo feliz más allá”.

En la edad madura los males se multiplican.  Tambalean las piernas; hay confusiones mentales, corazones que se agitan, pérdida de equilibrio, noches de insomnio; pero aun así he aquí el lado amable de la enfermedad.

En el dolor, la paz de Dios brilla.  En la aflicción, la luz de Dios es más hermosa.  Cuando la depresión llega podemos invocar a Dios y así, llenos del Espíritu Santo, podemos decir como el profeta: “El yugo se pudrirá a causa de la unción”.

Cuando el patriarca José María Muñoz estaba agobiado por una terrible enfermedad, que lo llevó a la presencia de Dios, cantaba, reía y predicaba.

Mi madre a los ochenta y pico de años  desafió a la misma muerte.  Los médicos le dieron nueve días de vida, pero yo clamé como clama el ciervo por las aguas y vivió diez años más.  Tuvo una enfermedad terrible pero el Señor mismo la operó en el Hospital Roosevelt y durante la noche seis ángeles se movían al lado de su lecho.

El sufrimiento tiene su lado amable.  Es en la angustia cuando la presencia del Señor es más dulce.  En las noches de insomnio cuando los Salmos hacen descender sobre nosotros lluvias de gloria.  Es al filo de la madrugada donde se hace miel el Cantar de los Cantares.

“Es en la enfermedad cuando estamos más cerca del Señor”.

Mantengámonos firmes en la libertad
Con que Cristo nos hizo libres

No seamos esclavos de los hombres ni de los argumentos aparentemente bíblicos.

No tema a maravillosos cristianos que usan las hierbas y las flores para curar sus males.  Hasta Jesús hizo uso del barro para dar luz a unos ojos.  Una cataplasma de barro purifica nuestro organismo.  Una hoja tierna sobre nuestra frente puede curar una fiebre.  Unas hojitas de sen pueden aliviar el estreñimiento.  Un poco de pasiflora con lechuga y valeriana pueden resolver el equilibrio de los nervios.

Aquellas personas con riesgo de arteriosclerosis deben comer poco arroz, poca patata, poca pasta, poco pan y preferir alimentos ricos en fibra como verduras y ensalada cocinados con aceite.  El consumo excesivo de azucares y almidón son perjudiciales para la circulación.  Beba mucha agua, no use grasas, ni mucha carne.  Sea sobrio.

Si necesita el consejo de un psicólogo, vaya sin temor, no tema.  Hay psicólogos  cristianos que son una bendición.  No tema ir al psiquiatra, le ayudará.  Obedezca las instrucciones de su médico.  Esto agrada al Señor.

No pierda su fe, la fe mueve montañas.  No sea temeroso, coma con tranquilidad.  Ponga sus manos suavemente sobre sus alimentos y bendígalos en el nombre de Jesús.  No se enoje, la ira trae al organismo daños irreparables.

Hace unos cuantos días el médico me dijo que podría darme en cualquier momento un derrame cerebral, me puse a cantar.  La sonrisa y la alabanza prolongan la vida.

Haga misericordia con alegría, viva su vida como si fuera a vivir cien años.  Cuando el cristiano duerme en el Señor, abre luego sus ojos en el cielo donde no hay llanto, ni clamor, ni dolor.

Hace pocos días Joaquín Fariñas, un viejo amigo, que tiene ya unos ochenta años me dijo: “Si el médico me dijera que solo tengo tres meses de vida, los pasaría cantando”.

Finalmente recordemos las palabras del Rey David “Aunque ande en valle de sombra de muerte no temeré mal alguno porque tu estarás conmigo”.  Y si “Dios con nosotros, ¿Quién contra nosotros?”.

Consejos sabios que prolonga los días

·         Camine todas las mañanas.  Admire el azul del cielo y de gracias a Dios pos la luna, las aves, por los valles y montañas, por las flores del jardín y por las flores silvestres.  Dé gracias a Dios por todo: por el frío, por el calor, por la lluvia, por el verano, por la pobreza, por su riqueza.  ¿Lo han marginado los médicos? Cante.

·         Respire profundamente.  No le tema al viento.  El viento hace danzar los árboles, arrastra el polen fecundamente.  No le tema a la lluvia.  Admire y goce las recias tempestades.  Aún las tempestades de la vida.

·         No odie, el odio mata, destruye, arruina y hace doloroso el camino de la vida.

·         Sonría.  La sonrisa vivifica los signos vitales.  “Cuide su corazón, de él mana la vida”. No se preocupe por su rostro macilento, por su rostro envejecido, por la nieve de su pelo.  El hombre interior del hombre justo se renueva.  Admire con los ojos espirituales la belleza del verdadero hombre nuevo que ama, que canta, que sueña con un futuro glorioso, que espera a los redimidos en la sangre de Cristo.

·         Coloque la sabiduría de Dios en el lecho matrimonial, en la calle que cruza, en la antesala de los hospitales, en la vianda que come.

·         Ore.  La oración es la pequeña ventanita por donde podemos ver la grandeza de la eternidad.  Es la entrada misteriosa al tabernáculo eterno donde hay un sacerdote que pone aceite en sus heridas, bálsamo en sus hondas cicatrices.

·         Sea fuerte.  Los hombres fuertes triunfan.  Sea sobrio, moderado.  Ponga cuchillo a su garganta.  Sea su sobriedad sin excesivos adornos, sin lujos indebidos.  Las personas que viven noventa años no recurren a la glotonería.

·         ¿Le duele la garganta? Cante.  ¿Le duele el pecho? Derrame en forma silenciosa lágrimas de alegría.  ¿Tiene temor?  Vuelva los ojos al que temió en la agonía del Getsemaní.  ¿Le falta el gozo?  El gozo no está en las emociones.  El gozo siempre brota de ese pequeñito grano de mostaza del que nos habló Jesús, LA FE.

·         ¿Está muy triste porque no puede ir al templo?  El templo es su propio corazón donde el Espíritu Santo mora.

·         No toque ni con el pensamiento la paja del ojo de su hermano.  Amelo, todos somos pecadores.

·         Millones de personas desean ver a Jesús como aquellos griegos de Juan capítulo doce. Deje que la gente vea a Jesús en sus ojos apacibles, en sus manos que comparten, en sus pies que corren para ayudar al desvalido.  Usted es Jesús, usted es la iglesia, usted es la novia, usted es la piedra y la columna, el vaso y alabastro, techo y columna, agua y vino.  Usted es la niña de los ojos de Dios.

·         Comparta con otros su fe.  Sea honesto y sencillo frente a las multitudes.  “Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad”.

Perlas preciosas

·         Era una mujer herida, menospreciada, humillada y estéril, pero al final pudo decir: “Los arcos de los fuertes fueron quebrados y los débiles se ciñeron de poder” 1a. Samuel 2:4.

·         Doce años con flujo de sangre.  En vano buscó el alero de los médicos.  Oyó hablar de Jesús.  Tocó su manto y la fuente de su ignominia se secó.  La virtud del Nazareno fue más grande que el alto monte de su dolor.

·         Rahab.  Basura de su barrio porque tenía corazón de ramera.  Pero en medio de su angustia oyó de Jehová, el mismo que había sacado las aguas del Mar Rojo.  Simplemente creyó y su fe escribió una página sublime para toda la eternidad.

·         De los labios de Jesús brotó una bienaventuranza con alas de mujer “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación”.

·         Su dolor tenía las dimensiones de un mar de angustia y soledad, su único hijo iba rumbo al sepulcro y en el morirían también sus esperanzas.  Pero llegó Jesús y le dijo: “No llores”.  De pronto, el autor de la vida, el que ordena que los afligidos de Sión se les de gloria en vez de ceniza, entregó gozoso  su hijo vivo a la viuda de Naín.

·         Betania era una constelación de lágrimas dispersas.  Marta era un río de llanto incontenible, el maestro de Galilea no estaba allí.  El rostro de María dejaba caer lágrimas rotas por la angustia.  Jesús lloró, pero al grito de Lázaro, ven fuera el que estaba muerto, dejaba burlada la tumba y el cielo brilló y se tornó en un manto de alegría.