Una carta póstuma a mi papá este 12
de diciembre que ya no estás…
Este 12 de diciembre que ya no estás, Délfido
Barrera Navas te recordamos. Eras esa
voz que clama en el desierto, una paja encendida que humeaba, un maestro
infatigable que hacías escuchar tu voz hasta en los buses, declamando y
vendiendo poemarios con poesía para
todos los días del ciclo escolar.
A tus ochenta y dos años todavía recorrías escuelas y pedías un espacio
en las aulas para declamar y nunca alcanzaban los libros que te cabían en las
manos pues desde el maestro hasta los alumnos te compraban y se sentían
dichosos de escucharte. No alcanzaban los días, los recorridos, las imprentas,
los diarios, donde corrías para publicar tus ideas. Te aprovechabas de un acontecimiento tan intrascendente
para unos, pero importante para vos como
lo era el nacimiento de una bebé, Gabriela Portillo, para escribir unos versos y
que un presidente te escuchara: “ Soneto en vez de madrigal, Gabriela,/ ha
escogido el poeta que te admira/ sin conocerte aún, por ti suspira/ mi corazón
que hasta tu casa vuela. Y con palabras
proféticas advertía: En esta tierra el odio se derrama/ allá todo es amor y
siempre es de día./ Mientras la hora llega vida mía/ gocemos el amor que se
derrama.”
Había una época en que los gobernantes se
rodeaban de consejeros respetados a quienes se acudía por la sabiduría que
había en ellos. Hace un año todavía yo era mudo testigo en una de las oficinas
ejecutoras del gobierno actual del desfile de personas con maletas de dinero con
sobornos en efectivo para los altos funcionarios de los proyectos impulsores de
la paz en Guatemala. Pero no hay paz para el impío, no es esa la forma de
construirla.
Délfido Barrera, tus palabras en voz alta
siguen teniendo eco en los rincones del universo. Tus más de 35 obras, muchas de ellas de
carácter literario son un acervo para estanterías vacías de un país que sigue
siendo analfabeta. Porque alguien más
grande que un profeta dijo “no solo de
pan vive el hombre” y este país está necesitado de “Principios y Valores”
uno de tus últimos libros que vio agotada sus cuatro ediciones, que tú mismo te
encargaste de promover, llevar, vender y surtir en las pocas librerías donde
como producto merecía un espacio. Porque
hay que decirlo, Guatemala no es el
mejor país para vender libros, pero cuanta necesidad hay de convertirnos en
lectores y amantes de la poesía. La
realidad es que en nuestro país sigue siendo más importante darle de comer al
niño.
Tu escribiste el himno de la Escuela
Unitaria, un concepto de educación que promoviste en las aulas. Fuiste
declarado Hijo Predilecto de Santa Catarina Mita, socio honorario de la APG, laureado en festivales de poesía
departamental, como educador, y como pastor homenajeado por Canal 27.
Un día, evocando al salmista dijiste “Si yo tuviera alas como de paloma/ andaría
por los caminos del aire y el viento,/ me columpiaría en las nubes,/ jugaría en
los aires,/miraría hacia el cielo/ hacia el norte que persigue mi
espíritu./Descansaría sobre los musgos de los montes más altos/batiría mis alas
sobre la garganta de los cerros./ Me volvería nube, cielo, viento, y ronda de
lloviznas;/ descansaría/ reposaría/ alzaría mis manos de alas para escalar el
infinito,/ entrecruzaría mis alas con las alas de la brisa,/ me hermanaría con
otras alas/ que como yo caminan tras el descanso puro/ tras los alientos
suaves/ tras las alondras de las rondas de la luz./ Si yo tuviera alas como de
paloma/ volaría alto para alcanzar la paz/ que no hay en este mundo.”
E
imitando a Augusto Monterroso también fuiste en busca del oro. Escribiste desde tu Patmos “Dadme una roca para mirar el cielo/ dadme
olas las espumas/ para endulzar mis manos. / Tengo sed de mar/ sed de luz/ sed
de alturas para rasgar los velos;/ para ver la locura de los años noventa./ Sed
de pirata antiguo, alma de filibustero/, alma de mercenario/ para librar la
guerra de proféticos gritos./ Eso quiero yo:/ mirar más allá de donde miran los
grandes/ perderme en mi Patmos del Suchitán/ para gritar que Dios no ha
muerto:/ mis versos de montaña/ hacen herir a la muerte.
Papá, que importa morir así, si cuando tu
vida acaba puedes decir “he peleado la
buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”. Cuando las flores de
muerto son “Novembrinas, amarillas/ sin
aroma/ de los pobres, pobres, pobres/las dormidas/ reposando/ sobre la tumba de
pobres;/ allí lloraban las flores/ frente al triunfo de la cruz.
Tu corazón amable y noble también pedía: “Quisiera volver a ser/ el cabo de un
ejército de niños/ muriendo de ilusiones por la Patria . . . quisiera volver,
volver/ a mis años de oro,/ a mis noches de niño/ a mis tardes de invierno,/ a
mi infancia de gloria,/ a mis cultos de ensueño;/ a mi prédica-burla/ desde un
púlpito viejo,/ a mis fantasías de oro/ a mi infancia endulzada con notas de
marimba/ o con notas de armonio/ a mis almuerzos pobres,/ o a las prédicas
lúgubres de mi tío Manuel./ Pero ya estoy viejo/ y solo espero/ el día cuando
Cristo, me diga, hijo ven.
El poeta solo nace, no muere. Solo pasa que un día se toca desde un viejo y
roto violín, como dijo León Felipe.
Como quisiera volverme un poeta, pero tener el valor de
escribir “Quitémonos las máscaras” o
el soneto póstumo a Refugio Villanueva de Barrera “Pedacito de sol, aurora y nube/ luz que alumbró para extinguirse
luego;/ un infame y traidor, maldito fuego,/ cortó tu vida, tu alma de querube.
Pocos días antes de dormir escribiste un
poema aún inédito, que puede homenajear tu humanidad:
“Tener
filosofía de la vida/ Es tener un algo que nos guíe/ Es cavar, ahondar, tener
porfía/ Edificar, plantar en forma compartida/ Saber a dónde voy en mi partida/
Saber quién soy en recta integridad/Decir con frente en alta la verdad/ Saber
filosofando qué es la vida/El poeta ha de ser muy responsable/De lo que hace y
dice ojos nos miran/Porque unos nos condenan, otros admiran/ Porque del rostro
mana lo inefable/La historia escribirá lo que el hable/Porque ella es la
maestra de la vida.”
Tu hijo, Eleázar Melquisedec Barrera Ortíz
No hay comentarios.:
Publicar un comentario