jueves, 16 de julio de 2015

CARTA POSTUMA DE TU HIJO


Una carta póstuma a mi papá este 12 de diciembre que ya no estás…

Este 12 de diciembre que ya no estás, Délfido Barrera Navas te recordamos.  Eras esa voz que clama en el desierto, una paja encendida que humeaba, un maestro infatigable que hacías escuchar tu voz hasta en los buses, declamando y vendiendo poemarios con poesía para  todos los días del ciclo escolar.  A tus ochenta y dos años todavía recorrías escuelas y pedías un espacio en las aulas para declamar y nunca alcanzaban los libros que te cabían en las manos pues desde el maestro hasta los alumnos te compraban y se sentían dichosos de escucharte. No alcanzaban los días, los recorridos, las imprentas, los diarios, donde corrías para publicar tus ideas.  Te aprovechabas de un acontecimiento tan intrascendente para unos,  pero importante para vos como lo era el nacimiento de una bebé, Gabriela Portillo, para escribir unos versos y que  un presidente te escuchara: “ Soneto en vez de madrigal, Gabriela,/ ha escogido el poeta que te admira/ sin conocerte aún, por ti suspira/ mi corazón que hasta tu casa vuela.  Y con palabras proféticas advertía: En esta tierra el odio se derrama/ allá todo es amor y siempre es de día./ Mientras la hora llega vida mía/ gocemos el amor que se derrama.”

 Había una época en que los gobernantes se rodeaban de consejeros respetados a quienes se acudía por la sabiduría que había en ellos. Hace un año todavía yo era mudo testigo en una de las oficinas ejecutoras del gobierno actual del desfile de personas con maletas de dinero con sobornos en efectivo para los altos funcionarios de los proyectos impulsores de la paz en Guatemala. Pero no hay paz para el impío, no es esa la forma de construirla.

Délfido Barrera, tus palabras en voz alta siguen teniendo eco en los rincones del universo.  Tus más de 35 obras, muchas de ellas de carácter literario son un acervo para estanterías vacías de un país que sigue siendo analfabeta.  Porque alguien más grande que un profeta dijo “no solo de pan vive el hombre” y este país está necesitado de “Principios y Valores” uno de tus últimos libros que vio agotada sus cuatro ediciones, que tú mismo te encargaste de promover, llevar, vender y surtir en las pocas librerías donde como producto merecía un espacio.  Porque hay que decirlo,  Guatemala no es el mejor país para vender libros, pero cuanta necesidad hay de convertirnos en lectores y amantes de la poesía.  La realidad es que en nuestro país sigue siendo más importante darle de comer al niño.

Tu escribiste el himno de la Escuela Unitaria, un concepto de educación que promoviste en las aulas. Fuiste declarado Hijo Predilecto de Santa Catarina Mita, socio honorario de la APG,  laureado en festivales de poesía departamental, como educador, y como pastor homenajeado por Canal 27.

Un día, evocando al salmista dijiste “Si yo tuviera alas como de paloma/ andaría por los caminos del aire y el viento,/ me columpiaría en las nubes,/ jugaría en los aires,/miraría hacia el cielo/ hacia el norte que persigue mi espíritu./Descansaría sobre los musgos de los montes más altos/batiría mis alas sobre la garganta de los cerros./ Me volvería nube, cielo, viento, y ronda de lloviznas;/ descansaría/ reposaría/ alzaría mis manos de alas para escalar el infinito,/ entrecruzaría mis alas con las alas de la brisa,/ me hermanaría con otras alas/ que como yo caminan tras el descanso puro/ tras los alientos suaves/ tras las alondras de las rondas de la luz./ Si yo tuviera alas como de paloma/ volaría alto para alcanzar la paz/ que no hay en este mundo.”

 E imitando a Augusto Monterroso también fuiste en busca del oro.  Escribiste desde tu Patmos “Dadme una roca para mirar el cielo/ dadme olas las espumas/ para endulzar mis manos. / Tengo sed de mar/ sed de luz/ sed de alturas para rasgar los velos;/ para ver la locura de los años noventa./ Sed de pirata antiguo, alma de filibustero/, alma de mercenario/ para librar la guerra de proféticos gritos./ Eso quiero yo:/ mirar más allá de donde miran los grandes/ perderme en mi Patmos del Suchitán/ para gritar que Dios no ha muerto:/ mis versos de montaña/ hacen herir a la muerte.

Papá, que importa morir así, si cuando tu vida acaba puedes decir  “he peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”. Cuando las flores de muerto son “Novembrinas, amarillas/ sin aroma/ de los pobres, pobres, pobres/las dormidas/ reposando/ sobre la tumba de pobres;/ allí lloraban las flores/ frente al triunfo de la cruz.

Tu corazón amable y noble también pedía: “Quisiera volver a ser/ el cabo de un ejército de niños/ muriendo de ilusiones por la Patria . . . quisiera volver, volver/ a mis años de oro,/ a mis noches de niño/ a mis tardes de invierno,/ a mi infancia de gloria,/ a mis cultos de ensueño;/ a mi prédica-burla/ desde un púlpito viejo,/ a mis fantasías de oro/ a mi infancia endulzada con notas de marimba/ o con notas de armonio/ a mis almuerzos pobres,/ o a las prédicas lúgubres de mi tío Manuel./ Pero ya estoy viejo/ y solo espero/ el día cuando Cristo, me diga, hijo ven.

El poeta solo nace, no muere.  Solo pasa que un día se toca desde un viejo y roto violín, como dijo León Felipe.

Como quisiera  volverme un poeta, pero tener el valor de escribir “Quitémonos las máscaras” o el soneto póstumo a Refugio Villanueva de Barrera “Pedacito de sol, aurora y nube/ luz que alumbró para extinguirse luego;/ un infame y traidor, maldito fuego,/ cortó tu vida, tu alma de querube.

Pocos días antes de dormir escribiste un poema aún inédito, que puede homenajear tu humanidad:

“Tener filosofía de la vida/ Es tener un algo que nos guíe/ Es cavar, ahondar, tener porfía/ Edificar, plantar en forma compartida/ Saber a dónde voy en mi partida/ Saber quién soy en recta integridad/Decir con frente en alta la verdad/ Saber filosofando qué es la vida/El poeta ha de ser muy responsable/De lo que hace y dice ojos nos miran/Porque unos nos condenan, otros admiran/ Porque del rostro mana lo inefable/La historia escribirá lo que el hable/Porque ella es la maestra de la vida.”

Tu hijo, Eleázar Melquisedec Barrera Ortíz

28 nov. 2010

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